Desear un Mundo

Una noche cada año, el universo todo ingresa en un estado de animación suspendida, los días sucumben a un sueño cósmico…

En el nivel funcional, las señales vitales del “universo” durmiente continúan trabajando igual que antes: el sol sigue saliendo, los vientos soplando, las lluvias cayendo, las semillas germinando, la fruta madurando. Pero el estado consciente de la creación está subyugado.
Su alma ha ascendido un palmo, se ha elevado de su sitial habitual, retirado a un sitio del ser desde el cual observa su cuerpo y vida tomando una medida distancia.

Una noche cada año, esto es, en la de Rosh HaShaná, Di-s reconsidera Su creación.
La esencia animadora del universo, su “alma” —el deseo Divino de que el mundo exista— se retira tomando una distancia objetiva.
Y entonces, un penetrante sonido se alza desde la tierra y reverbera a través de los cielos.
Un sonido que despierta al universo durmiente, sacude su alma para reanudar la consciente e intencional animación de su cáscara material.

El clamor del shofar retumba.
Un profundo aunque absolutamente simple clamor, una nota libre de los matices de la música racional.
Un clamor totalmente simple que despierta el alma de la creación para un renovado compromiso con el empeño de la vida.

Comprendiendo la Voluntad
La voluntad es el alma del acto.
En última instancia, ningún acto jamás se consuma sin estar impulsado por el motor de la voluntad.
A veces la voluntad de la persona baña sus acciones, haciendo que cada acto suyo esté vivo con el deseo y la satisfacción que lo motiva.

Otras, los actos de la persona pueden ser inertes y letárgicos, sostenidos sólo por el aspecto más superficial de su voluntad. Pues se trata de una algo multi-capa.
Está la voluntad más superficial que impulsa directamente las acciones propias.
Y luego existe una voluntad más profunda que se oculta detrás de esta voluntad superficial, la que, a su vez, contiene una voluntad más profunda aún, que es, ella misma, resultante de una voluntad más recóndita aún, y así sucesivamente.
Para ilustrarlo, tomemos el ejemplo de una persona que posee y opera un negocio.

Nuestro comerciante hace muchas cosas en el curso de su día —se despierta a una hora muy temprana, se traslada a su oficina, contesta los llamados del teléfono, etc.— para mantener y expandir su operación comercial.
En el nivel más básico, estos actos son manejados por la voluntad de ejecutarlos: él quiere salir de la cama, él quiere encender el motor de su automóvil, él quiere alzar el receptor de su teléfono; si no lo quisiera hacer, sencillamente no lo haría.
Pero, ¿por qué quiere hacer estas cosas?
A causa de una voluntad subyacente: que su negocio sobreviva y prospere.
Pero, ¿por qué quiere que su negocio sobreviva y prospere?
Sólo porque le trae ingresos y prestigio. Si no fuera así, no tendría deseos de un negocio.

Ahondando más profundo, el deseo de dinero y rango social emana de deseos más profundos aún: la necesidad y la apetencia de alimentos, refugio y aceptación por parte de sus pares, los que, a su vez, son productos del deseo, intrínseco a cada criatura, de continuar existiendo.
Esto no significa que cada vez que levante el receptor del teléfono lo haga sólo porque siente que su existencia misma depende de ello.
De hecho, ni precisa estar convencido de que el acto rendirá un lucro, o siquiera que es crucial para el funcionamiento de su empresa.

En última instancia, sin embargo, el acto de levantar el receptor del teléfono “contiene” la totalidad de la voluntad que lo impulsa, incluyendo su más profunda causa de causas.
Esta es su “alma” multi-capa, la que lo baña con una “vida” que tiene en sí algo de su elemento más esencial: hay una cualidad en la manera en que el propietario de un negocio responde el teléfono que evidencia un deseo y compromiso más profundo que aquel del más dedicado empleado.
En ocasiones, sin embargo, el alma de un acto se eleva un palmo más alto aún, para observar su cuerpo y vida tomando una medida distancia.

Hay veces en las que la persona re-evalúa lo que hace.
¿El negocio realmente produce ganancias? ¿Satisface mis necesidades? ¿Es esto lo que quiero de mi vida?
Su involucración concreta con el negocio puede continuar como antes.
Puede continuar queriendo salir de la cama por la mañana, continuar queriendo conducir su automóvil a la oficina, continuar queriendo responder el teléfono. Pero los elementos más profundos de su voluntad ya no están más allí. Puede decirse del negocio que está “dormido”, animado sólo por la capa más externa de su alma.
Entonces sucede algo que vuelve a encender su deseo.
Quizás ve una cifra lucrativa sobre la hoja del balance anual, o una proyección más prometedora para el futuro.
O se materializa una determinada transacción que personifica todo lo que él ama de su negocio, algo que incluye todo lo que reafirma su visión personal y fomenta sus metas.
El negocio despierta de su sueño; sus actos, secos y mecánicos en su ínterin contemplativo, son reinfundidos de vida y vitalidad.

Rey del Universo
Por una noche y mañana cada año, el universo entra en un estado de animación suspendida.
Di-s reconsidera Su creación. ¿Está rindiendo ganancias? ¿Está satisfaciendo Mis metas? ¿Sigo deseando Yo todavía investirme en Mi rol de “Creador”?
El sol todavía sale, los vientos soplan, las lluvias caen, las semillas germinan, la fruta madura. El deseo de Di-s de un mundo continúa manteniendo e impulsando al universo. Pero el deseo de Di-s por un mundo no es sino la capa más externa del alma del universo.
¿Por qué desea Di-s un mundo?

Hay un móvil más profundo debajo de esta membrana de voluntad, y un móvil más profundo aún debajo de éste, y así sucesivamente.
Así, los escritos cabalísticos abundan con la exposición de variados móviles Divinos para la creación del universo: el deseo de expresar Su potencial infinito, el deseo de ser reconocido por Sus creaciones, el deseo de conferir bondad (a fin de dar uno precisa un receptor), entre otros.
Cada uno de estos se relaciona con otra capa de la voluntad Divina, describiendo el alma del universo según se manifiesta en otro nivel de la realidad.
En el corazón de todo se encuentra la esencia misma de la voluntad Divina para crear: Di-s creó un mundo porque quiso ser rey.

Definiendo la soberanía
Di-s lo puede todo y es Todopoderoso. Por lo que parecería una hazaña relativamente simple que El hiciera de Sí mismo un rey: todo lo que debe hacer es crear un mundo, poblarlo con criaturas, y reinar sobre éstas.
Pero eso sólo no Lo haría rey, por lo menos no en el sentido absoluto de la palabra.
Un pastor que conduce una manada de un millón de ovejas no es un rey.
Un tirano que gobierna un imperio de mil millones de aterrorizados súbditos no es un rey.
Un patriarca benévolo que extiende su autoridad sobre docenas de descendientes no es un rey.
Un maestro con mil discípulos devotos no es un rey.
Todos estos tienen una cosa en común: sus súbditos están obligados a someterse a ellos.
Pueden verse compelidos por su naturaleza dócil, por la devoción de su pastor a sus necesidades, por el poder de su regente sobre ellos, por su vínculo filial a su padre o por su apreciación de la sabiduría del maestro; en definitiva, sin embargo, todos estos exponentes están compelidos.
Y la genuina soberanía no puede obligarse.
Un verdadero soberano es aquel cuyos súbditos lo escogen como su rey.
No porque sean naturalmente sumisos, no porque lo necesiten, no porque teman a su poder, no porque lo amen, ni siquiera porque aprecien su grandeza, sino porque libremente escogen someterse a él.
De modo que para volverse rey del universo Di-s creó al hombre, una criatura dotada de libre albedrío.
El creó un ser singular que es, de todo lo existente en Su creación, tanto el más remoto de El como el más cercano a El.
El más remoto de El, porque el hombre es un ser independiente y libre, libre incluso para rebelarse contra su Hacedor.

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