Dejar entrar al Amado

“Yo soy para mi amado y mi amado es para mí”. Cuando se acerca este mes, siempre me acuerdo que escuchaba este verso del Cantar de los Cantares los viernes por la tarde en la sinagoga de Kol Shadai, en la calle Shimshon en Jerusalén…

Los maestros jasídicos nos enseñan que el nombre Elul (el mes previo a Rosh Hashaná) es un acróstico de ani le dodi ve dodi li –“yo soy para mi amado y mi amado es para mí”. Cuando se acerca este mes, siempre me acuerdo que escuchaba este verso del Cantar de los Cantares los viernes por la tarde en la sinagoga de Kol Shadai, en la calle Shimshon en Jerusalén. Durante muchos años antes de casarme, iba a este pequeño shil marroquí para dar la bienvenida al Shabat.

Sintiéndome un poco como Alicia en el País de las Maravillas con piernas muy largas y cabello demasiado rubio, llegaba a tiempo para la plegaria de la tarde para escuchar todo el Cantar de los Cantares antes de introducir el Shabat con la plegaria de la noche. Este shil en particular era bendecido con voces maravillosas. Los más pequeños correteaban por ahí, pero no gritaban. Sus padres tenían jóvenes voces graves que resonaban muy profundo y sus abuelos, dulces voces maduras. Normalmente los marroquíes cantan al unísono pero aquí, el viernes por la tarde el Cantar de los Cantares y el Lejá Dodi, eran múltiples “solos”. Quienquiera empezaba primero, cantaba algunos versos, hasta que alguien más se zambullía en el canto.

Para mí, que vengo de una gran ciudad donde los miembros de la sinagoga pagan a su jazán para que la plegaria sea lo más pasiva posible, la espontaneidad de este shil era maravillosa. Me sentía vagando por el Sinai con las voces de Kol Shadai mezcladas en el viento y desierto.

La galería de las mujeres era un improvisado arreglo de viejos bancos de madera, alineados a las paredes de un estrecho cuarto, adyacente a la sección de los hombres. Entrábamos a través de un vestíbulo oscuro con unos sorpresivos escalones de piedra. Nadie en mi ciudad aceptaría esas condiciones, pero aquí, mujeres ya grandes que apenas podían caminar, encontraban la manera de entrar y salir. Las más ancianas sentadas en los bancos, con sus manos al Cielo apenas podían leer, pero se sabían los rezos de memoria. Cuando alguno de los hombres se regodeaban con su solo, sosteniendo una nota demasiado tiempo, las mujeres se reirían y en tono burlón murmuraban “¡Mmm, cantante de ópera!”.

Yo nunca me aprendí los nombres de las mujeres, pero había dos que me gustaban en particular. Una era inquieta, con ojos como diamantes y angulosas mejillas. La otra tenía pómulos marcados y mirada dulce. Cuando nos erguíamos para saludar y dar la bienvenida a la Reina Sabática al final del Lejá Dodi, una de ellas caminaría a la puerta abierta con sus brazos extendidos, y besaría la mezuzá. Cuando la Presencia Divina era percibida, toda preocupación y tribulaciones de la semana desaparecían.

Ahora que estoy casada, yo introduzco Shabat en casa. Cuando llego al último verso del Lejá Dodi, abro la puerta y beso la mezuzá. Es un momento de amor y paz.

Di-s siempre está con nosotros, pero nosotros no siempre estamos con Él. Un día especial de la semana, un mes especial del año, nos permite acercarnos y sentir la Divinidad. No importan las preocupaciones ni las ansiedades, si abrimos la puerta, el Amado entrará.

Por Ilana Attia

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