“El Impostor”

Esto no es lo que realmente somos. Se trata sólo de un disfraz…

“¿Vienes aquí seguido?”
“No. Quiero decir… estoy aquí todos los días”.
“¿Por qué has respondido negativamente?”
“Porque odio estar aquí. Me siento un impostor… no soy lo que parezco”.
“Entonces… ¿por qué lo haces?”
“Mi mamá me indicó que así lo hiciera”.

Imagínense ¿cómo debe haberse sentido Iaakov, al tener que vestir la ropa de Esav, escurrirse en la habitación de su padre y confabularse para recibir las bendiciones que estaban destinadas a su hermano? La Torá nos relata en esta Parshá cómo además, el sensible Iaakov, que había pasado su vida entera recluido en “las tiendas del estudio de la Torá”, debió vestir ropas de cazador, pegarse cabello artificial en sus brazos y nuca, para procurarse “el rocío del cielo y la gordura de la tierra”. Y después de todo… ¿para qué quería Iaakov bendiciones materiales?

En realidad, Itzjak planeaba dividir el mundo entre sus dos hijos. Esav, el empresario, “hombre de mundo”, recibiría los recursos materiales y el sagrado Iaakov heredaría el legado espiritual de Abraham. Iaakov presidiría las tiendas de estudio, donde la sabiduría Divina sería allí enseñada, y en donde una placa sobre la pared atestiguaría de la generosa contribución de su hermano Esav, para sustentar esta sagrada empresa.

Pero Rivka intervino. “No”, dijo, “el mundo material no puede quedar en manos de los materialistas. Son los ‘Iaakov’ del mundo, seres espirituales que desdeñan la carrera en pos del poder y la riqueza, que deben poseer el mando y controlar la opulencia”.
“Entra allí” le dijo a su hijo. “Viste las ropas de tu hermano e ingresa a la habitación de tu padre. No podemos permitir que Esav tome las bendiciones”.
“Pero qué haré con la ‘gordura de la tierra’. ¡No soy un comerciante!”
“¡Gracias a Di-s! “Exclamó Rivka” Imagina ¿qué sería de nuestro mundo si el comercio estará en manos de los hombres de negocios?!!!”

Muchos años han pasado desde entonces. Algunos de los descendientes de Iaakov se convirtieron en eruditos, místicos, hombres y mujeres de espíritu. Otros se enfundaron en el “atuendo” del comercio, delantales de laboratorio o ropas de fajina.
Al principio, se sintieron incómodos en ropas ajenas. Pero, con el pasar de los años, se les hizo más confortable.
Por eso, cada generación debe asegurarse de contar a sus hijos la historia del iehudí enfundado en las ropas de cazador. “Recuerden” debemos decir, “esto no es lo que realmente somos. Se trata sólo de un disfraz. Lo hacemos solamente… porque nuestra madre nos lo ha indicado…”

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario